Hablo de muchas ellas.
Fueron voluntades que me faltaban.
Fueron ellas en ellas mismas, y fui yo
muchas veces también.
Ella no es una, han sido tantas ellas, como esa que estuvo conmigo muchos años
y que se me escapó cuando en la noche, la maldad nos sorprendió riendo.
También hablo de aquella que me enseñaba a amar la piel cuando yo no sabía ni respirar siquiera, o de esa que con venas me construyó un peldaño para encaramarme al cielo.
Incluso de una ella que me mecía en la cuna enseñándome los colores
y los nombres de las cosas.
O de ella
que soy yo misma, cuando en el lado de la noche que arde, se me va yendo entre rezo y rezo..
Son muchas
ellas y soy muchas ellas y sin embargo no me acostumbro todavía a la vida que
pasa porque quisiera retenerlas para siempre en mi presente sin aceptar que el
futuro es lo que se vive cada día y que el pasado no es más que una ola a la
que ya se le dio brazadas (aunque se lleve todo de la piel).
Hablo de muchas ellas porque
si no fuese así, ¿entonces de quién más hablaría?
Yo no puedo fingir ser sorda
aunque lo sea o ignorar la sangre seca en el suelo de mi habitación que fue
más bien como haber cambiado de piel, pero que quema aún las baldosas con las
memorias tan vívidas de un ayer que es el mismo día que vivo.
No puedo no hablar de la que se
acuesta cada noche en mi lugar, en mi cama y adentro de mi cuerpo a meditar
lo que ha sido mi propia vida como si fuese suya, a recordar mis recuerdos como
si entonces ella los hubiera vivido y a vivir a todas las ellas como si
acaso ella las hubiera tocado o las hubiera vivido.
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