sábado, 4 de mayo de 2013

Sé que es hermoso lo que siento cuando escribo. Es indescriptible la forma en que veo el mundo, las formas, las cosas... No cambiaría por nada del mundo el crear arte, escribir y escribir y escribir hasta los suspiros. 
El más inmenso afán de alguien que escribe es ser leído y cuando he creado vida en letras que nadie más ha leído es como si hubiera traicionado  el motivo fundamental por el que lo hago: ayudar a volar. 
Es entonces cuando me siento como una pequeña niña que sostenía un globo que de repente se le fue volando.

Por eso escribo, porque siento magia en todo lo que veo. Escribo para saldar una vieja deuda de alguna vida pasada, o para sanar alguna rasgadura de esas que uno lleva por dentro (porque la rasgadura siempre va por dentro).


Escribir es una forma diferente de respirar, de comer, de mirar, de andar en bus, de caminar en las orillas de las carreteras, de reírse, de llorar... por eso cuando alguien me lee, siento como si me conociera desnuda. Porque mis letras son todo lo que soy, ahí estoy yo, en esencia pura.  Aunque tal vez, en esencia, yo no sea más que letras que no se leen
o que morirán conmigo.




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